(Aguirre Carreras Mirta)

:
http://cvc.cervantes.es/obref/quijote_america/cuba/aguirre.htm


SUPERVIVENCIA DE SANCHO

I

Llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, decía Cervantes cuando ya agonizaba.

Al final de su senda, don Quijote lleva la muerte sobre el deseo que tiene de morir. Sabe el hidalgo que los caballeros andantes y el mundo en que ellos fueron han perecido y así lo reconoce sin grandeza cuando, en lugar de volver por su honra a lo Amadís, pide a don Álvaro de Tarfe testimonios ante alcaldes.26 Es la admisión del ordenamiento social existente, su acatamiento; el oscuro, vencido final del luchador iluso.

No va el hidalgo vencedor de sí mismo, como Sancho cree, sino deshecho interiormente por la derrota. Y por eso comete esa, su última locura, la cuerda, la mayor de todas en las que puede incurrir un hombre: la de dejarse morir sin que nadie le mate ni otras manos le acaben sino las de la melancolía.

En un lugar de la Mancha un hombre débil, lleno de impulsos en frustración eterna, un hombre que por vuelto al pasado ha sido inepto para verificar su destino, se encuentra de golpe frente a la verdad: una verdad cruenta, de equivocación trágica, a la que sólo había sido posible escapar saliéndose por puertas de locura. Es el encuentro de don Quijote con la historia. Alonso Quijano se siente destruido por ella y sin fuerzas para abordarla con ficciones. En trances como éste [dice] no se ha de burlar el hombre con el alma.

Con una profunda dulzura, con una mano tierna como de mujer, con una piedad infinita por el héroe de quien ha hecho un símbolo de la terrible dolencia patria, Miguel de Cervantes llega al desenlace.

El último capítulo del libro es como un crepúsculo. Fuera, llanos y silenciosos, se extienden los campos de la Mancha. Dentro, un hombre se retracta de la razón de su vida, reniega de su fe, arroja lejos su esperanza. Alonso Quijano, como alguna vez alguien le dijera en el palacio de los Duques, reconoce que no hay gigantes en España, ni malandrines manchegos. El hombre que no hubiese dicho una mentira así lo asaeteasen, confiesa haber vivido inmerso en una mentira gigantesca. Y sabe que en el fondo de sí mismo, nunca lo ignoró.

Es la verdadera entrega de sus armas, el definitivo rendimiento, la confesión que ha de hacer toda España para poder enterrar sus fantasmas delirantes: Perdóname amigo [dice a Sancho el hidalgo] de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

Porque lo peor ha sido el poder contagioso de su locura. Se lo había dicho una vez un castellano en Barcelona: Tú eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican.27 Lo que obliga a que la retractación tenga que ser pública y especialmente enderezada a los inficionados por su mal.

Pero al no haber caballeros, al no existir quienes se lancen a combatir por los fueros de la hermosura y de la justicia, ¿qué es lo que queda? Nada para los Alonso Quijano. Nada para la España quijotesca, sino la muerte. Porque los venteros han ganado la pelea y el mundo es ya de los mercaderes que comienzan a prestar dinero a los nobles y a condicionar la conducta de éstos, como don Quijote bien sabe.

Por eso fue él, él en persona, quien epilogó las bodas de Camacho aconsejando a Basilio que atendiese a granjear su hacienda por medios lícitos e industriosos, dejándose de ejercitar las habilidades que sabía, que aunque le daban fama no le daban dineros. Por eso fue él, el declinante don Quijote de la segunda parte del libro, quien pagó cincuenta reales por una barca hundida, eludiendo la riña con sus propietarios.

Porque es mucho intentar varias veces el rescate del mundo y fracasar siempre. Es mucho salir a caballo con escudero y con lanza y regresar como un fardo sobre una carreta. Es mucho salir a desfacer entuertos y acumular molimientos y palos.

Ya tiempo antes de morir y de ser vencido, ventas y no castillos son las ventas para el hidalgo. Y cuando en una postrera ráfaga entusiasta las aceñas parecen fortalezas, es apenas como favor a cambio de paga como se demanda la libertad de los presuntos cautivos. Y Alonso Quijano baja la cabeza y sigue andando, cuando el enemigo rehúsa: Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados, perdonadme, que por mi desgracia y por la vuestra no os puedo sacar de vuestra cuita.

Yo no puedo más, confiesa. Yo no puedo más.

Todavía entonces la ilusión se obstina en vivir: Para otros caballeros debe estar guardada y reservada esta aventura. Mas la copa de acíbares se desborda cuando vence el de la Blanca Luna. Ya no es posible prometer salir a la defensa de los cristianos esclavizados en Berbería. Él es el vencido, el derribado, el que no ha de tomar las armas en un año. Nada puede ofrecer y de nada puede alabarse el caballero a quien más convendría usar la rueca que la espada.

Mejor habría sido morir, porque no es bien que la flaqueza del brazo defraude la verdad: Dulcinea del Toboso sigue siendo la más hermosa mujer del mundo, y el que no ha sabido sustentarlo así victoriosamente contra todos, es la más desdichada criatura de la tierra. Aprieta, caballero la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

Pero ¿y si Rocinante hubiera sido más fuerte? ¿No tendrá Rocinante la culpa de lo acontecido? Pero ahí está Sancho, justo y lleno de ruda franqueza, el Sancho que no pudo contestar a Felipe II la frase famosa sobre la Armada Invencible y los elementos naturales: La culpa del asno no se ha de echar sobre la albarda; y pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mismo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinantes.28

Cada uno es artífice de su ventura. Y él no ha sabido tener la prudencia necesaria para construir la suya. Si se atrevió, si hizo lo que pudo, lo que supo, ni se atrevió ni pudo ni supo bien. Y será ley que se mortifique a sí mismo declarando que es adecuado castigo del cielo que a un caballero andante vencido le coman adivas y le piquen avispas y le huellen puercos29.

Miguel de Cervantes conoce lo que espera a la España del empecinamiento heroico y no escatima amarguras a su héroe. En su última hora, don Quijote, tras abominar de Amadís y de la infinita caterva de su linaje, llama a su lado al Bachiller y al Cura y al Barbero. Y muere de una triste muerte merecedora del elogio de un escribano.

Había salido de su patria, empeñado su hacienda, dejado su regalo y entregándose en los brazos de la Fortuna para que ésta lo llevase donde más fuese servida. Había querido resucitar la ya muerta andante caballería. Había andado muchos días tropezando aquí, cayendo allí, despeñándose acá, levantándose acullá 30. Había querido socorrer viudas, amparar doncellas y favorecer casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes. Y de todo eso, por no haber sabido distinguir de sones y entender si eran de batanes o no, sólo quedaba polvo y frustración.

Disparates y embelecos toda la ilusión de una vida. Disparates y embelecos todo el titánico esfuerzo de una vida. ¿Qué, sino tenderse de largo a largo en el lecho y dejarse morir? Con ello, al menos, puede conseguirse algo en el último instante: evitar que alguien, contra todos los fueros de la muerte, le quiera llevar a tercera jornada y salida nueva.

No por Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas, harto minúsculo para marcar la clausura de un libro universal. No por esa muerte literaria por celos que Thomas Mann, en un increíble extravío de su sensibilidad finísima atribuye a Cervantes sólo porque este mismo parece sugerirlo así en su epílogo,31 sino por algo mucho más profundo: porque para que el quijotismo muera, don Quijote ha de morir.

De otro modo, habría aventuras pastoriles. Y al cabo de trescientos sesenta y cinco largos días de prohibición, acaso reincidencias caballerescas. Don Quijote tiene que recobrar la razón y que morir al recobrarla, porque don Quijote cuerdo nunca existió y porque es hora de que don Quijote loco deje de existir.

Es injusto dolerse de ello y hacer al autor reproches a lo Lope. Don Quijote de la Mancha, más que la pintura trágica del espíritu humano estrellado contra la realidad, es la explicación misma de ese hecho en función de un lugar y de una circunstancia. Y entiende mancamente la obra quien pierda esto de vista a pesar de haber construido Cervantes un cuadro de vida colectiva, nacional, tan vigoroso como el que construyó.

Por ese cuadro, verdadero protagonista, es que don Quijote tiene que morir. Porque la lanza del hidalgo constituye un anacronismo en él. Si Alonso Quijano fuese a secas el canto a las alas del corazón, la encarnación de la luz, el ímpetu justiciero en armas, el Cristo a la jineta de quien alguien hablara; si don Quijote fuese lo bello y lo noble, lo grande y lo verdadero concebidos en abstracción de todo tiempo y de todo territorio, al devolverle la cordura, al hacerlo retractarse en la hora de su muerte, Miguel de Cervantes habría escrito un libro reaccionario y desalentador.

Y si Cervantes lo hace retractarse y morir es por todo lo contrario. Para enterrar con él los ilusorios mirajes redentores, los rescates de vuelta al pasado; para esparcir en el viento el polvo de ideales sin vigencia histórica; para decir a un pueblo demasiado adicto a las Coplas de Jorge Manrique que no todo tiempo pasado fue mejor. O que lo mejor no está en intentar salidas de retorno a ese tiempo pasado.

II

Quien ha de sobrevivir es ese Sancho que Miguel coloca a la vera de su hidalgo como complemento indispensable, porque cada vez que el ideal ha hecho cruzadas en España, tras él se ha ido el pueblo con una credulidad sin límites.

Siempre fue así y ahora, cuando la catástrofe apunta, anda el pueblo creyendo en Eldorados, en la magia de Indias, en las tierras fantásticas donde hay fuentes de juventud eterna y donde las pepitas de mineral riquísimo se recogen del suelo como castañas maduras.

Con eso es con lo que se responde al pobre, cada vez que el pobre reclama en la España misérrima un pequeño sustento seguro. ¿Salario, Sancho? ¿Salario quieres, cuando se te promete una ínsula?

Vuelve las riendas o el cabestro al rucio, y vuélvete a tu casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar conmigo. ¡Oh pan mal reconocido! ¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? 32

Sancho se queda, sintiendo que ha eludido milagrosamente el pecado de la más negra ingratitud. Todo lo que se le pide es fe y abnegación para el esfuerzo. La comida es poca, el vino escasea, los colchones son peñas, pero tras todo eso está la recompensa increíble: el condado en el reino de Micomicona o el gobierno de Barataria.

Calla Sancho [] que las ínsulas están allá dentro de la mar, que no hay ínsulas en la tierra firme. Pero quien lo dice se equivoca. Cosas más imposibles han visto con sus ojos y han tenido en sus manos los que retornan de la América. España puede hasta descubrir Nuevos Mundos. Ciego será el labrador que no deje la azada para irse tras el señor invencible. Ese caballero tiene mil nombres que la historia ha registrado: Gonzalo Hernández de Córdoba, el cual por sus muchas y grandes hazañas mereció ser llamado el Gran Capitán, renombre famoso y claro, y dél sólo merecido; o Diego García de Paredes, valentísimo soldado, y de tantas fuerzas naturales, que detenía con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia. 33 O también ¿por qué no? Cirongilio de Tracia. O don Quijote de la Mancha.

Verdad y prodigio son una misma cosa. Y el Sancho de buen sentido y a quien la necesidad inclina a codicioso, no deja de ser hombre de vuelo lírico. Ama la bota de buen vino y la hogaza de pan. Pero hay también para él, en el cielo, cabrillas como alhelíes, como flores, bien diferentes a las terrenas: las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, la una de mezcla Y le atraerá tanto el espacio anchuroso de los sueños que, a un paso de esa recompensa por la que todo lo ha arriesgado, levantará su aspiración de desasimiento y poesía: Si vuestra merced fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor ínsula del mundo. 34

Esto explica que siga al hidalgo. Como Turgueneff ha dicho, la esperanza de ganancias y de mejores ventajas no bastan a justificar su lealtad:

En Sancho Panza hay demasiado buen sentido, sabe muy bien que excepto palizas, el escudero de un caballero andante apenas nada puede esperar. La causa de su lealtad se debe buscar más adentro; está arraigada, si así puede decirse, en la feliz facultad de las masas para cegarse honradamente []. Condición grande, universalmente histórica. 35

Harto mejor haría él en volverse a su casa y en sustentar a la mujer y a los hijos con lo que Dios fuese servido de darle, en lugar de andarse tras el caballero por caminos sin camino, bebiendo mal y comiendo peor. Pero algo se lo impide y lo ata y lo obliga a continuar. Después de todo él se merece una ínsula tan bien como otro cualquiera y Alonso Quijano es su única esperanza de hallarla.

Le sigue además porque el mensaje del caballero es generoso y porque en el amo no cabe la maldad: Un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón y no me amaño en dejarle, por más disparates que haga. Sabe Sancho que su hidalgo lo necesita. Si Sancho desertase, ¿quién sería capaz de prestar oídos a quien habla de desfacer entuertos y enderezar agravios? Loco es don Quijote, pero loco bizarro; disparates hace, pero disparates desinteresados. Terrible sería su soledad si el escudero le dejara, como no dejó de sentir cuando Sancho se marchó a Barataria. Y por otra parte, ¿por quién puede Sancho dejar a don Quijote? ¿Por el Cura? ¿Por los Duques? ¿Por el Bachiller?

Sancho sabe bien que el mentecato de su amo tiene más de loco que de caballero. Pero en suma él y el hidalgo están tallados en una misma turquesa. Él no puede renegar de don Quijote. Y si por ir atenido a promesas vanas parece más loco, menguado y mentecato que su amo, hasta el punto de que otros sospechen que no es bueno para gobernar, bien pueden retirarle la ínsula ofrecida. Por discreto hará él que no se le dé nada lo que se le quita por tonto.36

Pensar en deserciones sanchescas es pensar en lo excusado. Si yo fuere discreto, días ha que había haber dejado a mi amo; pero esta fue mi suerte y esta mi malandanza: no puedo más, seguirlo tengo, somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y sobre todo yo soy fiel....37

Sólo que las cosas están llegando a mucho. Es Sancho y no el hidalgo el desfacedor de entuertos. La mala actividad de los encantadores se obstina en enderezarse contra el escudero. Sancho ha de subir a Clavileño y de andar volando por los aires para que se descañonen las mejillas de unas dueñas que ni le van ni le vienen y con las que, como con todas las dueñas en general, simpatiza muy poco. Sin que se le ofrezca a cambio ni una canasta de ropa blanca, han de ser sus azotes los que desencanten a Dulcinea. Y por último, sobre sus cardenales y pellizcos ha de ir la resurrección de Altisidora. No tienen más que hacer sino tomar una gran piedra y atármela al cuello, y dar conmigo en un pozo, de lo que a mí no me pesaría mucho, si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda.

Así ha tenido que pagar con su vino y con su trigo y con su propia piel los gloriosos preparativos, culminados en desastre, para el dominio del mundo; y las religiosísimas campañas extirpadoras de infieles, dentro o fuera de la Península: y el boato de la plaga de grandes que rodea al monarca; y las acaparadoras exigencias de la Iglesia. Como si todo lo bueno dependiese de la mortificación de su carne y como si fuese bueno cuanto redundase en su perjuicio.

Lo peor es que se da cuenta: Si va decir la verdad, yo no me puedo persuadir de que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los encantados.

Pero aunque de otro modo fuese, nada gana él con ello. Brega España y medran los favoritos. Mientras se habla de arremeter contra gigantes, Micomicona dispensa sus favores a don Fernando.

Si al cabo de haber andado caminos y carreras, y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme prisa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece el palafrén, pues será mejor que nos estemos quedos y cada puta hile, y comamos.

Humildes son los villanos y muy convencidos viven de la superioridad de los caballeros. Pero las flaquezas de éstos comienzan a ser demasiado evidentes. Los caballeros andantes huyen y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña o como cibera en poder de sus enemigos.38

Una vez, cuando el manteamiento, había podido discutirse si había habido o no encantos, si se trataba de fantasmas y cosa de otro mundo o de segovianos, cordobeses y sevillanos como los demás. Pero no hay duda posible en la aventura del rebuzno: cuando el valiente huye, la superchería está descubierta.

A la fe, señor nuestro amo [dice Sancho], el mal ajeno de pelo cuelga, cada día voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compañía que con vuesa merced tengo, porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de marras. 39

Sobre todo esto hay, como agravante, que el bálsamo de Fierabrás, los remedios sobrenaturales, sólo a los armados caballeros aprovechan. Y no se ve clara la razón por la que han de ser picados de moscas, comidos de piojos y embestidos por el hambre los escuderos de los caballeros vencidos. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generación. Pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?.40

¿Qué tiene que ver?

Es la más grave de todas las preguntas estampadas en el libro cervantino. Sancho todavía no lo comprende. Todavía no ve que su rucio sigue el itinerario que marca Rocinante. Aspira a los condados que el hidalgo anuncia y se queja de encontrar ladrillazos y palos. Cierto es que nunca le tomaron a don Quijote la medida de las espaldas que no se la tomasen a él de todo el cuerpo. Pero también dice verdad don Quijote cuando afirma que si Sancho fue manteado una vez, a él lo han molido ciento.41

Sin embargo, no corre por ambos una misma suerte, aunque amo y criado parezcan ser como cabeza y miembros de un mismo cuerpo. La cabeza puede estar tranquila detrás de las bardas, sin sentir dolor alguno, mientras que al escudero lo mantean como a miembro, haciéndolo volar por los aires. Cuando un cabrero osa poner las manos insolentes sobre el señor, Sancho debe y puede terciar en la pelea. Pero si el criado es agredido, tendrá que arreglárselas solo, porque el caballero no puede poner mano a la espada contra gente escuderil.

Una zanja se extiende entre los dos destinos. Una zanja que ha de ser cada día más ancha y más profunda. Para que Sancho llegue a descubrirlo, es que lo deja con vida Miguel de Cervantes.

Una honda transformación de las relaciones humanas asoma en el mundo en los instantes en que el ex soldado de Lepanto decide producir su obra maestra. Muchos años más tarde, más de dos siglos después, un alemán llamado Carlos Marx, devoto del Quijote, diría que una de las características de la Revolución consiste en el hecho de que el pueblo, precisamente en el momento en que se dispone a dar un gran paso adelante y empezar una nueva era, cae bajo el poder de las ilusiones del pasado. Aunque Miguel no piensa exactamente eso, su intuición panorámica le dice que Sancho, tras irse en pos del jubilado ideal caballeresco, ha de buscar por sí mismo su ruta, ya sin los espejismos de locura de su amo, ya escarmentado de ínsulas regaladas por Duques, ya sin ansia de condados trepadores, ya sin codicias de negrero y sin ilusiones pastoriles.

¿Cómo? ¿Cuándo? Miguel de Cervantes no lo avizora, ni a pesar de ser tan grande inventor de fantasías puede sospecharlo. Él nace en 1547 y muere en 1616 y no sabe leer en los astros las señales de los tiempos futuros. Pero cree en el mañana, y sabe que lo mismo que tiene que ser enterrado don Quijote, para que los viejos sueños desaparezcan, Sancho ha de sobrevivir. Porque ya en los días en que él escribe, en el escenario de España del mundo don Quijote es un ocaso y Sancho un sendero. Crepúsculo y amanecer, tumba y nacimiento, despedida y arribo, fluir perpetuo y eterno renovarse de todo lo que vive.

Cuando Cervantes lo abandona a su suerte, Sancho cree aún, como los Duques quisieron que creyera, que no es bueno para gobernar, como no sea un hato de ganado. Pero está ya tocado por la gracia quijotesca que sólo en él podrá tener justas realizaciones. Con ella se echará a andar, esta vez por caminos con camino, para liberar a menesterosos y opresos de los mayores.

Y ya no se tratará de galeotes.

La Habana, abril, 1948






Notas

(1). Don Quijote, II, XXIV.
(2). Don Quijote, II, XLV.
(3). Don Quijote, II, XLIV.
(4). Don Quijote, II, XLIV.
(5). Don Quijote, II, LI.
(6). Don Quijote, II, LXXIII.
(7). Don Quijote, II, LVII.
(8). Justo de Lara, Cervantes y El Quijote, en El libro y la época, cap. III. Cuadernos de Cultura, Ministerio de Educación, Serie 7, n.º 2.
(9). Don Quijote, II, XV (No pienses que puesto quedamos de esta pendencia molidos quedamos afrentados, porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos machacaron, no eran otra que sus estacas).
(10). Don Quijote, II, XII.
(11). Karl Vossler, Introducción a la literatura española del Siglo de Oro. Colección Austral, Buenos Aires, 1945.
(12). Valdría la pena ahondar en la cuestión, dada la reconocida crisis de los quehaceres dramáticos en los días que corren.
(13). María Zambrano. La mirada de Cervantes, en Asomante, n.º 3, 1947, Puerto Rico.
(14). Una Real Cédula de 4 de abril de 1531 prohibió el envío de novelas caballerescas a América. En resolución de 29 de septiembre de 1543, la Real Audiencia de Perú recalcó y explicó los motivos de la prohibición.
(15). M. Menéndez y Pelayo, Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración de El Quijote. Colección Austral, Buenos Aires, 1942.
(16). El Renacimiento había abierto nuevos rumbos a la actividad humana; se había completado el planeta con el hallazgo de nuevos mares y de nuevas tierras; la belleza antigua, inmortal y serena había resurgido de su largo sueño, disipando las nieblas de la barbarie; la ciencia experimental comenzaba a levantar una punta de su velo; la conciencia religiosa era teatro de hondas perturbaciones y media Europa lidiaba contra la otra media. Con tales excelsos motivos históricos como el siglo XVI presentaba, ¿cómo no habían de parecer pequeños en su campo de acción, pueriles en sus medios, destinadas en sus fines, las empresas de los caballeros andantes? Lo que había de alto y perenne en aquel ideal necesitaba regeneración y transformación; lo que tenía de transitorio se caía a pedazos, y por sí mismo tenía que sucumbir, aunque no viniesen a acelerar su caída ni la blanda y risueña ironía de Ariosto, ni la parodia ingeniosa y descocada de Teófilo Florengo, ni la cínica y grosera caricatura de Rabelais, ni la suprema y trascendental síntesis humorística de Cervantes. Duraban todavía en el siglo XVI las costumbres y prácticas caballerescas, pero duraban como formas convencionales y vacías de contenido. Los grandes monarcas del Renacimiento, los sagaces y expertos políticos adoctrinados con el Breviario de Maquiavelo, no podían tomar en serio la mascarada caballeresca. Francisco I y Carlos V, apasionados lectores del Amadís de Gaula uno y otro, podían desafiarse a singular batalla, para tan anacrónico desafío no pasaba de los protocolos y de las intimidaciones de los heraldos, ni tenía otro resultado que dar ocupación a la pluma de curiales y apologistas. En España los duelos públicos y en palenque cerrado habían caído en desuso mucho antes de la prohibición del Concilio Tridentino; el famoso de Valladolid en 1522, entre don Pedro de Torrelas y Don Jerónimo de Ansa fue verdaderamente el postrer duelo de España. Continuaron las justas y torneos, y hasta hubo cofradías especiales para celebrarlos, como la de San Jorge y Zaragoza; pero aun en este género de caballería recreativa y ceremoniosa se observa notable decadencia en la segunda mitad del siglo, siendo preferidos los juegos indígenas de cañas, toros y jineta que dominaron en el siglo XVII. La supervivencia del mundo caballeresco era de todo punto ficticia. Nadie obraba conforme a sus vetustos cánonces: ni príncipes ni pueblos. La historia actual se desbordaba de tal modo, y era tan grande y espléndida, que forzosamente cualquier fábula tenía que perder mucho en el cotejo (M. Menéndez y Pelayo, ob. cit.).
(17). Américo Castro. La palabra escrita y El Quijote, en Asomante, n.º 3, 1947, Puerto Rico.
(18). Américo Castro, ob. cit.
(19). Hay un abismo profundo, insondable, entre las Gestas y las Crónicas, hasta cuando son más fabulosas, y el libro de caballerías más sencilla (M. Menéndez y Pelayo, ob. cit.).
(20). Don Quijote, II, II.
(21). Don Quijote, I, XXXI.
(22). Don Quijote, II, I.
(23). Thomas Mann, Cervantes, Goethe y Freud. Losada, Buenos Aires, 1943.
(24). Adolfo de Castro, citado por Justo de Lara, Cervantes y El Quijote, en El libro y la época, cap. IX.
(25). Justo de Lara, Cervantes y El Quijote, en El libro y la época, cap. VII.
(26). Don Quijote, II, LXXII.
(27). Don Quijote, II, LXII.
(28). Don Quijote, II, LXVI.
(29). Don Quijote, II, LXVIII.
(30). Don Quijote, II, XVI.
(31). Thomas Mann, ob. cit.
(32). Don Quijote, II, XXVIII.
(33). Don Quijote, I, XXXII.
(34). Don Quijote, II, XLII.
(35). Turgueneff, Hamlet y don Quijote.
(36). Don Quijote, II, XLIII.
(37). Don Quijote, II, XLIII.
(38). Don Quijote, II, XXVIII.
(39). Don Quijote, II, XXVIII.
(40). Don Quijote, II, XLVIII.
(41). Don Quijote, II, II.

* Tomado de Mirta Aguirre, El hidalgo Cervantes y el hidalgo Quijano, en Un hombre a través de su obra: Miguel de Cervantes Saavedra, Sociedad Lyceum, La Habana, 1948

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