(Aguirre Carreras Mirta)

:
http://cvc.cervantes.es/obref/quijote_america/cuba/aguirre.htm

El hidalgo Cervantes y el hidalgo Quijano *
Por Mirta Aguirre

IEl vive de 1547 a 1616. Nace bajo el signo del Concilio de Trento, del que salieron los Índices censuradores de libros y la reorganización intensiva de los procedimientos inquisitoriales. Muere en los días en que la Iglesia condena las teoras de Galileo. Tiene, pues, doce años cuando en Valladolid el muy católico Felipe II celebra su primer auto de fe. Un poco más viejos o un poco más jóvenes, vivos o ya desaparecidos, Erasmo y Rabelais, Bacon y Descartes son los hermanos de su pensamiento en un mundo en el que sobre los ecos de los lances medievales apunta una nueva sociedad de comercio y maquinarias.

Miguel de Cervantes, hidalgo cuyo linaje alcanza acaso altas raíces, es pobre. Y no se hace ilusiones. Las ilusiones se las hizo antes, en la más alta ocasión que vieron los siglos, en la que peleando por la defensa de su fe católica perdió el uso de la mano izquierda; y se las hizo cuando portando cartas excesivas del bizarro don Juan de Austria, soñaba regresar a España y verse adornado con galones de capitán. Se las hizo, todavía, al demandar pías cruzadas argelinas. Y aun, tras ser rescatado de los infieles por el esfuerzo de unos nobles frailes trinitarios, al volver a la patria y pedir la añorada capitanía o un buen oficio ¿por qué no gobernador de las provincias de Soconusco, en Guatemala, o contador del nuevo reino de Granada o de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de La Paz? en el que emplearse en tierras del Nuevo Mundo.

Había sido un héroe en Argel, donde arriesgó la vida varias veces por cosas que intentó para dar libertad a muchos. Pero España es rica en héroes, en realidad está harta de ellos. Y por eso hace con sus soldados viejos y estropeados eso que no está bien que se haga; eso que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, que echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos del hambre.1

Desde sus minas americanas, la Península riega por Europa un río de metales preciosos entre los que el oro no escasea. Encarece el costo de la vida de un modo extraordinario y la ambiciosa locura de riquezas se extiende, destruyéndolo y corrompiéndolo todo. Se compran y venden los cargos, se compra y vende la administración de justicia y todo el mundo sabe que en la Corte por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.2 A la vez, la pobre y fiel tierra española se mira abandonada porque nadie quiere ir a arrancarle trabajosamente los tesoros que las minas de América ofrecen con liberalidad y porque los buenos labradores impíos han sido expulsados del país en aras de la pureza católica. La casta militar, la curia, la nobleza y el clero exprimen hasta la última gota las venas de España. La hidalguía rural, a quien la depreciación de la tierra arruina en masa, se refugia en un orgullo improductivo y terco que tiene a honor no remendar el traje roto. Y por debajo de las espadas y las togas, los carruajes, las bulas y las capas escondedoras de miserias, la picaresca crece con su turbio amasijo de desocupados.

En ese escenario se mueve Miguel de Cervantes. Soldado licenciado, hidalgo raído, español sin oficio y en ansia de beneficios, él reúne en sí todas las características externas del pícaro de blasones y si no llega a serlo es tan sólo porque lo impide su espléndida categoría humana. Pero es de los bien nacidos miserables que van dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada y haciendo hipócrita al palillo de dientes; de los infelices de honra espantadiza que piensan que desde una legua se les descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y el hambre de su estómago.3 Y conoce tan bien lo que la escasez de dineros significa, que no puede evitar la frase que es como un manto de perdón para todos los Rinconetes y Cortadillos de España: ¡Ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre!.4

Mucho. Tanto que quizás él no llegará a la medida. Porque monedas le embrollan la vida y le conducen a la cárcel. Hoy en Castro del Río, por indebida venta de trescientas fanegas de trigo; mañana por confuso paradero de siete mil reales correspondientes a cobros de alcabalas, tercias y retrasos de la provincia de Granada; de nuevo, en Sevilla, por cuentas mal sumadas. ¿Inocente? ¿Culpable? Nadie puede ponerlo en claro. Pero de todos modos, si ciertos, los hurtos no son tan jugosos que él pueda dar a censo ni fundar ningún mayorazgo; ni insólitos entre los que suelen cometer los funcionarios administrativos del rey.

Porque él es eso: proveedor de las flotas americanas y de la Invencible Armada que el mar se tragó de un solo golpe, y recaudador de contribuciones. El hombre dulce y justo que sabe que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que el hambre y la carestía5 ha ido por los caminos andaluces requisando víveres, haciendo cumplir a hierro y fuego las exigencias de Su Majestad, arrancando el pan de la boca de los hambrientos campesinos de su patria para abastecer los ejércitos que como plagas devoran la médula económica del reino. Y porque le ha dolido y porque cree que la ley ha de ser una misma para todos, no ha querido hacer excepciones, yendo a dar dos veces contra la Iglesia y comprándose otras tantas excomuniones.

Eso ha sido su vida desde el regreso de Argel. Una antiheroica sucesión de oscuros infortunios, de íntimas defraudaciones; una sórdida pelea contra escribanos y leguleyos. Y lo que es peor, un creciente cansancio en el que el héroe ha ido cediendo al pícaro. Tanto, que el hidalgo Cervantes no es hombre de buena fama. Tanto, que se sospecha que se ayuda a vivir con quien sabe qué actividades de las mujeres de su familia. Tanto, que cuando la primera parte de Don Quijote anda ya impresa y en alas del éxito, un juez osa encarcelar al autor y a los suyos como a reos de mal vivir a quienes es posible complicar en la muerte de don Gaspar de Ezpeleta.

Está lejos la más alta jornada vista por los siglos y la bravía entereza de los baños argelinos es apenas un recuerdo. Pero algunos de éstos pueden ser amargos por muy lejanos que sean. Duelen más, mientras más pasa desmintiéndolos el tiempo, aquellos que nos dicen lo que quizás pudo ser, lo que debió ser, lo que hubiera sido, si la vida no gustara de convertirse en trituradora de promesas.

¿Qué debía él al mundo en el que había vivido? Fracasos como soldado, fracasos como poeta, fracasos como autor dramático, fracasos como hombre de bien. Y sin embargo, en Lepanto, y sin embargo, en La Numancia, y sin embargo, en esa espontánea comparecencia como testigo de descargo de don Pedro de Isunza, algo había habido claro y límpido, puro, como de diamante.

Pero una abuela de pueblo lo diría, cuando él se decidiese a escribir el libro que le rondaba: Dos linajes solos hay en el mundo, que son el tener y el no tener. Y un hidalgo loco completaría el aserto: Quien es pobre no tiene cosa buena.

Él nació desnudo y desnudo se halla. Mas ha perdido. De los ímpetus heroicos a los antecedentes penales hay un largo camino. Y mientras lo hacía, quedamente, en el corazón algo se había helado. ¡Era tan grande la desesperanza en España! ¡Era tan dura el hambre...! Mucho tenía que tener de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre. Lo sabía él que había conocido, en la suntuosa posada sevillana de Tomás Gutiérrez y en sus trabacuentas de burócrata, la podredumbre de los grandes; él, que no ignoraba que tal como andaban las cosas nadie podía ufanarse ya, consiguiéselos como los consiguiese, de ganar sus dineros haciendo usanza nueva en el mundo;6 él, cuyas aventuras habían llegado hasta el Patio de Monipodio y que había tuteado a Lazarillo, a Guzmán de Alfarache y al escudero Marcos de Obregón.

Primero había tenido cólera. Después, simplemente, había comprendido y, poco a poco, transigido.

Desde entonces la gente decía que era suya esa cultivada espuma de defraudaciones que se llama el humor. Él sabía que había perdido, en una desarmada compasión por sí mismo y por todos, la santa capacidad de indignarse. Porque al final de su vida, como otro gran iluso que nacería de su mano, ya no puede más. Y ni siquiera tiene odio para sustentarse porque se lo impide, junto a su fervorosa simpatía humana, su afilado sentido crítico, su sensibilidad de testigo. Él sólo puede ironizar porque se lo explica todo; porque se ve a sí mismo y mira a cuantos le rodean como a pobres títeres de retablo.

Y lo que resta no es más que una cosa: escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Sólo eso. Un libro de burlas. El libro en el que un hombre se reiría implacablemente de sí mismo para castigarse por haberse permitido soñar una vez con la gloria de los héroes.

II

Finalmente, con dulce perspicacia, Jean Cassou nos ha desvelado el secreto: confesar lo que se ama es perderse. Es más fácil, en una rara facilidad amarga que el hidalgo Cervantes conoció muy bien, acomodarse a la vida haciendo burla de lo que se ama. Y cuando lo que se ama se ama de veras mucho, cuando no se puede reconocer ese amor porque hacerlo implicaría una angustia insoportable, queda el recurso de negar, de golpear, de escarnecer.

Por eso don Quijote tendrá que ser escarnecido y golpeado. Habrá de correrle por el rostro el zumo de los requesones de Sancho; habrán de saltársele los puntos de una media; habrán de seguirlo turbas de chiquillos; habrán de hollarle puercos. Nada se le ahorrará.

Pero ¿es que a él, al hidalgo Cervantes, le ha sido ahorrado algo? Si se le han reclamado a él reales y fanegas de trigo, ¿por qué no han de demandársele al Nerón Manchego las ligas de Altisidora? Don Quijote, flor de la cortesía, nata de la honestidad, tendrá que soportar que se le suponga malaficionado a la propiedad ajena y se verá precisado a pedir, casi humildemente, que se le tenga en mejor parecer: Yo, señor Duque, jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano.7

Pero Dios deja de la mano a veces. Y a veces el que tuvo fibra de caballero andante acaba haciendo la befa de los libros de caballerías, poniendo en la picota pública su carga de ilusión y de locura, vendiendo su secreto más amado. Porque el hombre, para poder vivir, tiene que matar al demonio en sí mismo. Y el demonio, ángel también, puede ser la sombra de Bayardo. Como si Bayardo no fuese ya inútil en un mundo que pertenece a los Barberos y a los Duques y a los Curas y a los Bachilleres.

¡Una celada de cartón es celada de cartón y no celada finísima de encaje, aunque nos abstengamos de hacer experiencia de ello! Y para quien quiera oírla, despejando su mente de las sombras caliginosas de la ignorancia, ahí está la verdad dicha a cuatro vientos: no hay Dulcineas en España. No las hay. Nunca las hubo.

Él, Miguel de Cervantes, va a barrer la magia. Va a decir que de ventas es que está llena, de ventas y no de castillos, la realidad. Y va a mostrar que España está repleta de venteros; y que los venteros no son sino pícaros metidos a negociantes después de haber rodado y robado por Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo. Es decir, después de haber aprendido sus artes en todos los monipódicos rincones del reino.

III

¿Qué es el heroísmo, o qué entienden por él los españoles? En un minuto de eléctrica sustancia, Francisco Pizarro traza una línea en el suelo: Por aquí se regresa a Panamá; por aquí se va al Perú a ser rico. Y nacen con el episodio los Doce de la Fama. En otro instante, para impedirse a sí mismo toda debilidad de retirada, el cortesísimo Cortés quema sus naves.

¿Es esto el heroísmo? ¿Es la aventura? Cortés y Pizarro triunfaron. Pero si hubieran fracasado, ¿habría sido lo mismo? Porque lo heroico y ahí está su diferencia con lo aventurero es independiente de sus frutos. Victoria o derrota dan lo mismo. Y hasta quizás la derrota es un poco más adecuada, el final lógico.

Lo heroico parte siempre de una desigualdad de fuerzas en la que un débil se encara a un poderoso, un pequeño a un grande. Es David y Goliat, donde todas las probabilidades están del lado del gigante. Y lo heroico está en ignorarlo; o mejor, en saberlo y en proceder como si se ignorase, en hacer que la audacia tuerza el rumbo aparentemente fatal de los acontecimientos.

O en intentarlo. En intentarlo nada más ya está lo heroico, como cuando él, Miguel de Cervantes, conociendo que era casi imposible, trataba, una vez y otra, de evadirse de los baños argelinos.

Aquello había costado caro. Milagrosamente él había salido indemne siempre. Pero Juan el Navarro, el esclavo del renegado Hassan, había muerto asfixiado por su propia sangre, colgado por un pie de la rama de un árbol; y el moro que iba a Orán con cartas para Martín de Córdoba había sido empalado; y en el suplicio de los azotes habían perecido Pedro Soler y Juan Vizcaíno. Interesante sería saber lo que pensaban ellos las víctimas inútiles de los valientes intentos.

Complicado concepto el de lo heroico. ¿Sería heroico erigirse en abanderado de la Fe cuando para enviar soldados a exterminar herejes es preciso matar de hambre al propio pueblo, imponiendo tributos extraordinarios a la harina? En esa coyuntura un hombre, Francisco Antonio Alarcón, se había atrevido a salir públicamente por los fueros del estómago.8 Sonaba mal eso, tratándose de la defensa de la cruz cristianísima. Pero sonaba, también, muy razonable. Porque lo cierto era que España se moría de falta de pan, mientras, como si no lo supiese, continuaba echando sobre sus espaldas el peso de empresas titánicas.

Como esto ha hecho que las victorias escaseen, el heroísmo ha ido tomando matices singulares. Es la honra, la razón de honor, lo único que importa. Y poco da quedar molido, si no se queda afrentado.9 El impulso será tanto más hermoso cuanto más exceda las posibilidades de realización, porque lo esencial es el propósito y el querer hacer conforme a él, aunque la frustración sea inevitable y sobrevenga cada vez. Los gestos han ocupado el lugar de las gestas, y si la Armada Invencible

¿La Armada Invencible? ¡Muy español haberle dado ese nombre! ¡Y qué formidable travesura de la Naturaleza al destruirla! ¡Y también qué altiva, qué solemne, qué hidalga, qué ajustada a las circunstancias la respuesta de Felipe II...! Teatro del bueno, del de mejor clase.

Miguel de Cervantes se da una palmada en la frente. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes.10 Farsa y carátula. Pero tan hondas que llegan a ser algo más. Porque no se está jugando a ser quien no se es; se está creyendo creyéndose, verdaderamente que se es otro. Y quien olvidándose de sí mismo, suprimiendo su realidad, imagina ser César o Alejandro o Ruy Díaz, o Amadís, está tan loco como el que cree tener cuerpo de vidrio. Y es esa demencia, demencia heroica, la que padece España.

AMADÍS Y DON QUIJOTE

I

Alguien tenía que hablar en nombre del interés colectivo, extrayendo agudamente los elementos cómicos de una obra, como Menéndez Pidal ha señalado con acierto, del choque de la perfección asocial del Caballero Andante con una vida estrechamente organizada entre fuertes instituciones de gobierno. Alguien tenía que hacer el análisis crítico de esas instituciones y, a la vez, de la exacerbación individualista que se andaba padeciendo. Alguien tenía que destruir para siempre el concepto de lo heroico como asunto privado de una sola criatura y como sueño escapista de la realidad.

Pero ¿quién puede escribir el libro que ha de ser la gran denuncia social de su tiempo a la vez que la despiadada vivisección del espíritu hispánico? Nadie sino Miguel de Cervantes. Porque nadie sabe en España como él que el héroe y el antihéroe andan siempre del brazo, en Lepanto unas veces y otras en esas cárceles donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación. Porque nadie ha reunido en su entraña como él a Mio Cid y a Amadís con Lazarillo, ni nadie ha meditado tan profundamente sobre la trágica divergencia que existe entre las fantásticas aventuras extranjeras de las armas españolas y la atroz miseria íntima, material y moral, de la patria.11

Y porque nadie tiene su tolerancia, su comprensión infinita, su dialéctico espíritu de observación. Otros forman parte del drama, son elementos activos de él y aunque fustiguen bien, como en su día hará don Francisco de Quevedo y Villegas, dejan que se les transparente el corazón mojado de pasiones. Pero él, el manco sano, el escritor alegre que sobrevive al ciudadano melancólico, está ya al margen, en la perfecta actitud contemplativa testificante de quien a fuerza de desengaños ha renunciado a todo, si no es al humorismo, ese modo muy suyo de ser don Quijote sin locura y Sancho sin candor: al humorismo que, a fin de cuentas, puede ser el único camino apto para expresar ciertas cosas cuando la libertad anda amordazada.

Y porque en la hora del teatro, de la acción de farsa, él es un novelista.

La diferencia entre la tragedia y la novela [ha apuntado María Zambrano en su brevísimo ensayo La mirada de Cervantes] estriba en que la tragedia presenta escuetamente el delito de haber nacido, es decir, el conflicto de ser individuo, único. Mientras la novela más que la realidad de esa individualidad única, es su pretensión o su ensueño. Edipo, Hamlet, son el hombre único y sin par a quienes sucedieron sus desdichas. Al personaje de novela, más que sucederle piensa él que le sucede. La novela es el relato de lo que un hombre se figura que es; la tragedia nos dice lo que alguien pasó de verdad. [] La novela arrastra siempre consigo la novelería del personaje. [] En la novela está el doble juego del personaje que se inventa a sí mismo.

El teatro, en cambio, es trasvasamiento de la vida en presente filosófico, acción, hombre en dinámica, agonismo esencial: realidad objetiva. Algo inconcebible en soledad e irrealizable en ella. Mientras la novela es soliloquio de escritor o de lector, el teatro es siempre, en sí mismo y en su ejecución, diálogo intersocial. Y porque no es crítico, sino receptivo, el más grande autor teatral será, como Lope fue, síntesis de lo colectivo y expresión de mayorías, afirmación de valores y no negación de ellos, aunque el teatro que podría llamarse de pensamiento, el teatro crítico-negativo sea característico de los días presentes.12

La novela, así, está completa, acabada, realizada en sí misma cuando el autor termina, en tanto que el teatro no es tal, y ni siquiera puede sospecharse lo que es, hasta que se hace corpóreo, viviente cortejo de figuras de carne y hueso. Instante determinador en el que nace la verdadera criatura dramática, desconocida hasta entonces y hasta entonces ignorada por su propio padre. Porque en el teatro el hombre es, en tanto que en la novela está.

Por eso, novela había de ser y por algo no surgió de la inmensa, formidable producción dramática de los Siglos de Oro la pieza literaria capaz de brindar a las edades venideras el gran cuadro analítico de la realidad española de hace trescientos años.

Sólo en una novela podía la circunstancia adquirir tanta o mayor categoría que el hombre. Sólo en una novela podía recogerse, como recogió Cervantes, la novelería de España, más aún que la tragedia de un singular Caballero de la Mancha.13 Y quien lo dude, que vea cómo la historia de El ingenioso hidalgo se desmorona en la escena, a pesar de toda la base de referencias previas en que la representación pueda asentarse, para dejar en pie sólo la Triste Figura, mientras se pierde del todo la substancia genérica y más honda de la ocurrencia inmortal.

Miguel de Cervantes, además, iba hacia la censura y la burla. Y no se toleraban en la escena española ciertas veleidades críticas o renovadoras. Iglesia y Rey defendían celosamente su intangibilidad y el propio público no admitía agresiones a sus puntos de vista en cuestiones de moral, religión o lealtad monárquica, como bien habían de aprender Rojas, por haberse atrevido a casar a un hidalgo con mujer deshonrada, en una de sus comedias, y Pedro Calderón, el silbado autor de Un castigo en tres venganzas.

Hombre que ha conocido la excomunión y los grilletes, Miguel de Cervantes no quiere dificultades con la cruz ni con el cetro. Hace novela de su obra para afrontar a sus compatriotas divididos, de uno en uno. Pero todavía después disimula, porque sabe con el viejo Mauricio de su Persiles que tal vez la disimulación es provechosa. Vive en la filipizante España y en ella no sólo no pueden decirse muchas cosas sino que aun es obligado decir otras, si se quiere que un libro multintencionado pueda ver el sol. Por ejemplo: que lo que con él se persigue es, exclusivamente, aplastar las novelas de caballerías.

Con ello se ganan de primera intención muy poderosas simpatías. Pese a las aficiones del Cura y del Canónigo, el clero no ve con buenos ojos los libros andanteriles. Entre otras cosas, porque debido a su existencia todos los ignorantes como los indios americanos a quienes debe prohibirse su lectura14 pueden perder la confianza en la veracidad de la Sagrada Escritura y otros libros de Doctores al ver que existen historias vanas que han sido compuestas sin aver pasado ansí.

II

La novela andanteril no es de cepas hispánicas. Ni la vida heroica de España en la Edad Media, ni la primitiva literatura, ya épica, ya didáctica, que ella sacó de sus entrañas y fue expresión de esta vida, fiera y grave como ella, legaron elemento ninguno [dice don Marcelino Menéndez y Pelayo] al género de ficción que aquí consideramos. Sólo a fines del siglo XV o principios del XVI, cuando lo caballeresco había hecho ya un largo camino extranjero, es cuando España se interesa por los libros de caballerías. Los proscriptos castellanos que habían acompañado en Francia a Don Enrique el Bastardo; los aventureros franceses e ingleses que hollaron ferozmente nuestro suelo siguiendo las banderas de Duguesclin y del Príncipe Negro; los caballeros portugueses de la Corte del Maestre de Avís, que en torno de su reina inglesa gustaban de imitar las bizarrías de la Tabla Redonda, trasladaron a la Península, de un modo artificial y brusco sin duda, pero con todo el irresistible poderío de la moda, el ideal de vida caballeresca, galante y fastuosa de las cortes francesas y anglonormandas.15

Cuando su genio literario comenzó a expansionarse con la tremenda vitalidad que aposentaría las Centurias de Oro, España inició una nutrida producción nacional de índole caballeresca, devolviendo a toda Europa en traducciones italianas, francesas, inglesas, alemanas u holandesas, el espíritu andanteril de importación que la impregnaba. De ese modo, si los autores de libros de caballería fueron en España más numerosos que en cualquier otra parte, la grey de los lectores distó mucho de ser exclusivamente hispánica.

Como bien se ha señalado, el influjo y propagación de los libros de caballerías no fue un fenómeno español, sino europeo. Mas lo cierto es que ningún pueblo como el de España transformó el espíritu animador de la novela andantesca en carne y tuétano de su carácter nacional.

Para Menéndez y Pelayo no deja de ser un enigma la enorme, aunque transitoria, acogida española a las novelas de caballerías:16

Lejos de creer yo que tan disparatadas ficciones sirviesen de estímulo a los españoles del siglo XVI para arrojarse a inauditas empresas, creo, por el contrario, que debían parecer muy pobre cosa a los que de continuo oían o leían las prodigiosas y verdaderas hazañas de los portugueses en la India y de los castellanos en todo el Continente de América y en las campañas de Flandes, Alemania e Italia. La poesía de la realidad y de la acción, la gran poesía geográfica de los Descubrimientos y de las Conquistas, consignada en páginas inmortales por los primeros narradores de uno y de otro pueblo, tenían que triunfar, antes de mucho, de la falsa y grosera imaginación que combinaba torpemente los datos de esta ruda novelística.

Aparte las razones de índole estrictamente literaria que podrían unírsele, el anterior es, en verdad, un argumento social convincente en cuanto a la rápida decadencia de la novela caballeresca. Como se sabe, ésta estaba prácticamente desaparecida en lo editorial lo que indica que, cuando menos, colocar estos libros en el mercado había dejado de ser un buen negocio cuando Don Quijote de la Mancha ve la luz. Pero ello en nada invalida el propósito que Miguel de Cervantes persigue con su libro.

España, enamorada primero de la invención de heroicidades fantásticas, se ha enamorado más tarde de una realidad tan fantásticamente heroica como la invención misma. Con la hazaña americana y las aventuras gloriosas de Carlos V en el Viejo Mundo, España ha creído que en su carne está lo andantesco extravasándose a la verdad y a la hora contemporánea. Nada es imposible para el caballero español del siglo XVI, como nada fue imposible para Amadís. Y si el caballero español está presente, paseando por el mundo su gloria de carne y hueso, natural es que Amadís y los de su linaje se amodorren en el polvo de las bibliotecas, cediendo el paso a los nuevos dueños de la invencibilidad.

Pero cuando los reveses comienzan, cuando el mito se hace trizas, España añade al proceso un nuevo eslabón. Y la serie comenzada con el protagonista andanteril y continuada por los sobrehumanos héroes que conquistan y colonizan un Nuevo Mundo va a terminar, conjugando elementos de literatura y de vida, en la actitud que Cervantes satiriza en su Alonso Quijano, un loco que es tal, antes que por cualquier otra cosa, por no ver no querer ver la desproporción entre sus empeños y sus fuerzas, y la caducidad del ideal que enarbola.

El Quijote [ha dicho Américo Castro] expresa el ocaso de la España heroica, erguida sobre su fiel creencia en el valor, idéntica a la infrangible conciencia de la personalidad voluntariosa []. Cervantes personalizó y universalizó genialmente el tema del vacío angustioso del vivir español.17

Si las exóticas costumbres caballerescas introducidas en Castilla desde los días del advenimiento de la Casa de Trastamara no transcendieron al pueblo, la lectura de los libros de caballerías sí trascendió a él, según demuestra cualquier apresurada revisión literaria. Con lo que toda España, hasta esos pícaros o criminales que con frecuencia escapaban del hambre o de la horca pasando a las Indias, se contagió de la locura heroica, caballeresca también, esparcida por la jornada americana. De donde el quijotismo tuvo, antes de que Miguel de Cervantes haciéndole la caricatura le prestase un nombre, un ancho terreno nacional donde enraizarse.

No por ser ficticia, la supervivencia del mundo caballeresco dejaba de ser supervivencia. Y lo más grave, precisamente, estaba en que esa supervivencia era ficticia. Erasmo, quien no se callaría la alusión sarcástica a esos discursos en los que se aconseja la guerra contra el Turco, apelaría a ese rasgo y no a otros, al querer pintar de un solo trazo a los hispanos en su Elogio de la locura: Los españoles [dice] no se desprenden de sus glorias épicas.

Lejos de desprenderse de ellas, cuando ya esas glorias comenzaban a hundirse en el pasado, fue práctica unánime entre los españoles la de aferrarse ciegamente al eco de los milagros heroicos. Y por eso era posible calentar los cascos a cualquier honrado labrador de buen sentido, distraerlo y sonsacarlo y llevarlo por esos andurriales, si se sabía alzar antes sus ojos la promesa de una ínsula. Porque la grandeza española era un artículo de fe que no podía ser puesto en entredicho. Resquebrajada, empobrecida, convertida en una sombra de sí misma, España había de sentirse y de vivirse como si fuera siempre esa España la noble, feroz y notable que cantara en sus dodecasílabos robustos Juan de Padilla el Cartujano.

III

Según lo que confiesa, Miguel de Cervantes pretende poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías.

Como hemos visto, quizás en rigurosa exactitud el ambiente literario no justifica el propósito. Quizás el pensamiento dominante en las letras de España en el alba del siglo XVII no está constituido por las historias caballerescas sino, como algunos creen, por el teatro nacional que se yergue vertebrado por Lope.

Pero de todos modos el enemigo posee una profunda vitalidad nacional. Porque si las rebuscas eruditas señalan que el género que Don Quijote de la Mancha confiesa combatir está declinante y en vías de completa muerte, el espíritu de la novela caballeresca sobrevive en España y trastorna a todos con sus vapores fantasiosos, reglamentando los cauces de la acción colectiva española.

Como desde Santa Teresa hasta Dorotea todo el mundo ha leído en España libros de caballerías, paso a paso el alma patria ha ido asimilándose las características de un género de muy hondas diferencias con la savia del romancero. Nadie piensa en el sentido colectivo, político, nacional, de las antiguas epopeyas, porque lo que ahora embriaga es la hiperexaltación individualista de los héroes andantes. Andantes: esto es, sin contenido específico de lugar ni de raza, sin afincamientos terrestres. Héroes peregrinos, de itinerario al azar, desvinculados de toda permanencia nativa, de todo sentido de solidaridad estatal. Lo que viene muy bien, pero muy bien, a hombres de un imperio fragmentado que pueden tener hoy el pie en Flandes y que pueden tenerlo mañana en Aragón sólo para colocarlo al otro día en las selvas amazónicas.

Porque nadie ha tenido un dominio como el disfrutado junto a Carlos V por los españoles: Austria, la Estiria, la Carintia, la Carniola, el Tirol; los Países Bajos, el Franco Condado, Flandes, el Artois; Cerdeña, los reinos de Aragón, de Sicilia y de Nápoles; el reino de Castilla, la corona imperial de Alemania; y por último, como una simple añadidura, la América.

¡Si el monarca, más que un monarca es un trotamundos y un políglota! Ha de entenderse con sus súbditos a veces malamente en alemán, en español, en francés, en italiano y en flamenco. Y en cuarenta años de su vida tendrá que haber estado nueve veces en Alemania, seis en España, siete en Italia, diez en Flandes, dos en Inglaterra, dos en África y cuatro en Francia. Siempre en un correr de campo en campo de batalla, desde el sitio de Mecieres, donde Bayardo el caballero sin miedo y sin tacha fuera uno de sus contrincantes, hasta la derrota de Metz.

Junto a este soberano, sangre de condottiero, de vagabundo y de explorador ha ido naciéndole, todo en uno, a España. Y ha ido naciéndole también la fanfarronería: Cuando España se mueve, la tierra tiembla.

Mas los temblores non tembles, terra, que non te fago nada, como remedará la ironía popular a costa de los portugueses no duran mucho, por desgracia. Felipe, heredero de gran parte del imperio inmenso, hace en la Península la unidad territorial, la unidad política y la unidad religiosa a precios muy altos, mientras sumida en un incurable desorden su hacienda se desmorona. Y al final de su existencia es un rey muy pobre y un estratega fracasado que nada ha podido contra el gascón Enrique IV, ni contra la intrigante Isabel ni, en definitiva, contra sus levantiscos súbditos de los Países Bajos.

Tras él vienen Felipe III y Felipe IV. Miguel de Cervantes, que conoce a Lerma, presiente al Conde-Duque de Olivares. Y se da cuenta de que es preciso hacer reaccionar el espíritu nacional consiguiendo, como inicio indispensable, poner la herencia de Amadís en ridículo ante un pueblo con el culto enfático de la dignidad.

Porque está ocurriendo que lo ornamental importa más que la sustancia. Los encuentros gloriosos recogidos por las canciones de gesta, las crónicas y los romanceros, erigidos sobre poderosos motivos de honra nacional o familiar, atraen menos que los lances andanteriles cuya grandeza esté en razón directa de su sinrazón. Y en tanto que Ruy Díaz, culminación gigante de un ímpetu global, unitario y verdadero va alejándose, las simpatías se dirigen hacia los caballeros andantes, alzados como entes anárquicos, desasidos del mundo circundante, apartados del orden social a que pertenecen y hasta personalísimamente enemistados con él.

Lo peculiar del siglo XVI español [ha recalcado Américo Castro] fue la atención prestada a la acción vital de la letra impresa sobre los lectores. Aunque en todas partes se perseguían en esa época los libros que por las doctrinas o ideas que encerraban eran juzgados perniciosos, esa persecución tenía efecto en España sobre todo en atención a la eficacia de esos libros para infiltrarse en otras existencias []. Los mancebos y doncellas [] desvanécense y aficiónanse en cierta manera a los casos que leen, decían al Rey, como argumento supremo, las cortes de Valladolid, cuando en 1555 solicitaban la prohibición de los libros de caballerías. Por lo que Miguel de Cervantes no exageraba cuando hace de la lectura de esos libros, del propósito de traer sus fantasías a la vida real, el origen de la enfermedad de su Hidalgo, español-tipo []. El Quijote debe su existencia tanto a una tradición de formas y géneros literarios, como a una tradición de maneras de ser vivida la literatura.18

Por virtud de la evolución literaria, y de esa tendencia hispana, acaso de procedencia orientalista, de conducir hasta lo real y cotidiano el hecho imaginativo, al esfuerzo heroico de las epopeyas ha sucedido en el alma española lo que Menéndez Pidal ha llamado el esfuerzo arbitrario de las narraciones andanteriles, proyectado principalmente hacia el engrandecimiento, ya material, ya espiritual del protagonista.

Por ese camino la campeadora resolución de reto se ha vuelto tanto más pura cuanto más absurda. Volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión, dice una vez don Quijote. Porque la esencia de lo caballeresco estriba en la realización de la hazaña por la hazaña misma, independientemente de toda raíz a la vez que ¡cuán conforme el anhelo de la impotente España de la Invencible! de todo resultado.

Lo importante no es realizar los grandes fechos sino morir por acometellos. Y por otra parte, como cuando todo cruje y se bambolea y oscila hacia la duda, urge convertirlo a toda prisa en dogma indiscutible, España, enfrentada a una gran crisis de acontecimientos que amenaza pulverizar su autoestima, trasplanta a todos los aspectos de su vida la cuestión de la fe.

¿Mostrar a los mercaderes toledanos, conminados a declarar que es ella la más hermosa doncella del mundo, un retrato de Dulcinea, así fuese tamaño como un grano de trigo? Don Quijote se rebelará indignado: Si os la mostrara [] ¿qué haríades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar, y defender: donde no, conmigo sois en batalla.

En la creencia que no demanda pruebas es donde reside la salvación. Porque el retrato de Dulcinea no puede mostrarse, puesto que Dulcinea no existe. Mas, sin la admisión de la existencia de Dulcinea, el hidalgo Quijano no tendría razón de ser.

Si las novelas de caballerías están ya muertas, España continúa extrayendo de ellas esos jugos alimentadores, cada día con más fiebre puesto que cada día es más imperativo construir de lo literario el andamiaje vital. Y lo que se propone Miguel de Cervantes, al decir que quiere poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias, es matar esa simiente.

Porque las cosas no andan bien, pero andan peor por la terca altanería y el delirio hazañoso que convierten al país decadente en una baladronada perpetua, eco risible del poderío de otros tiempos. ¿Qué mozo de mulas podrá resistir la tentación de romperle una estaca en las costillas a don Quijote cuando éste, largo a largo en el suelo, habla aún como un vencedor?:

Non fuyáis, gente cobarde, gente cautiva: atended que no por culpa mía, sino de mi caballo, estoy aquí tendido

Llueven los estacazos europeos, piérdese en la sombra el resplandor de Carlos V, vanse a la trampa todas las riquezas y España, caída en tierra, increpa todavía y todavía amenaza. Y se niega a escuchar la voz de los espíritus lúcidos:

Es más fácil, oh España, en muchos modos
Que lo que a todos les quitaste sola
Te puedan a ti sola quitar todos

¡Ya podrá cansarse, repitiéndolo, don Francisco de Quevedo! Caballeros o mercaderes nunca han escuchado. Unos y otros sólo oyen, sólo se avienen a razones cuando éstas, sostenidas por una lanza en su garganta, dejan de serlo. Sólo entonces, ya vencidos, prestan atención al llamamiento de la cordura. Y generalmente mueren de la experiencia.

IV

Cuando Cervantes escribe, aún evoca el ambiente las hazañas de los romanceros. Y aunque don Quijote, por ser hijo de Amadís, se diferencia ya mucho de Ruy Díaz,19 sobreviven en él algunas de las bellas cualidades peleadoras con que la tradición quiso adornar a los protagonistas de los épicos poemas. Cid y Doncel del mar a un tiempo, en cuanto a misterio y poesía, la silueta del Caballero, para quien la riqueza significa menos que la fama, parece bella cuando se recorta sobre el fondo de mercaderes y de prestamistas que opacan el horizonte. Pero el tiempo ha pasado y es difícil convertirse en desfacedor de entuertos cuando los briosos corceles de antaño han asumido ese aspecto tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan ético confirmado que muestra Rocinante.

Pretendiendo ignorarlo, en la España venteril que viene al mundo, un hombre se alza con su sueño. Pero su impulso es aislado, solitario. ¿A quién representa el hidalgo arruinado, al arrojarse por los caminos sin programa ni rumbo? ¿A los suyos, a esa nobleza feudal que se hunde irremisiblemente en los alegres mares de oro de la naciente burguesía europea? ¿A esos menesterosos y opresos de los mayores a quienes anhela favorecer? Dime, Sancho amigo [indagará ansioso], ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía? ¿Qué de mis hazañas y de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?.

Y Sancho responde, señalando al redentor su soledad:

El vulgo tiene a vuestra merced por grandísimo loco []. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía se ha puesto Don y se ha arremetido caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y tomas los puntos de las medias negras con seda verde.20

Nadie aprueba. Nadie se muestra satisfecho. Pero ninguna otra cosa es posible, porque él sólo expresa su propia fiebre, su íntima voluntad de locura. Cuando el conflicto es verdadero, todo empeora con su intervención.

Por amor de Dios, señor caballero andante [le pedirá el mozo Andrés] que si otra vez me encontrare, aunque me vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced. 21

La intención no lo es todo, y poco puede esperarse de un empeño en desajuste con las realidades. Cierto que maguer que sandeces le tengan el cerebro en derrumbe, nadie podrá reprochar a don Quijote obras viles. Pero eso no basta. ¿Qué importa que el perseguido del sabio Frestón quiera hacer el bien, si de ello sólo obtienen las víctimas el agudizamiento de sus males? Mejor sería que el hidalgo pobre, reconociendo el territorio en que se mueve, tomase para sí la laboriosa porción que le corresponde en un mundo en el que el trabajo es ya la buena receta contra los encantadores.

Yo apostaré [dice la Sobrina suelta de lengua] que si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una casa como una jaula. Pero trabajar es verbo que no entra en el vocabulario de un hidalgo. Y la respuesta viene, con esa es-no-es irónica manera de Cervantes: Yo te prometo, sobrina, respondió don Quijote, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.

Con ironía o sin ella, lo que estorba a la realización de buenas, simples obras concretas, es la presencia de esos pensamientos caballerescos que intoxican al hombre hasta hacerle llegar en ocasiones a extremos increíbles. ¿No había sucedido en el sitio de Harlem que los señores soldados se negaron a hacer obras de atrincheramiento por considerar que se habían alistado solamente para combatir y que era indigno de hidalgos remover la tierra?

Sobre los estómagos vacíos, cerebros llenos de aire. De ahí vienen todos los males de España.22 El mundo es teatro; la vida es sueño, como sabrá reflejar en la gran pieza filosófica de la literatura dramática española ese Pedro Calderón que aún es un niño. Y si el teatro del mundo y el sueño de la vida son amargos, queda el refugio de la fantasía.

Es inútil que Huarte insista en que la verdad no está en boca del que afirma, sino en la cosa de que se trata, la cual está allí, gritando y llamando al hombre para mostrarle el ser que naturaleza le ha dado y el fin para que ha sido creada. Frente a la prédica del Examen de ingenios, don Quijote erguirá la postura antiexperimental aprendida en su celada: Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada.

Y porque los españoles, huyendo de encararse con los hechos, prefieren refugiarse en lo utópico, durante mucho tiempo sus lecturas preferidas han sido las de las novelas de caballerías, sueños contados por hombres despiertos, o por mejor decir, medio dormidos; y las novelas pastoriles que permiten olvidar los campos estériles y abandonados bajo el sol. Quijotismo, también: alma sonámbula destinada a resolverse en esas aventuras de encrucijadas que nunca llegan a ser aventuras de ínsulas, y en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos, cuando se cree que es posible acometerlas con oxidadas armas, sólo porque éstas sirvieron al abuelo Gutierre Quijada para vencer, en Borgoña, a los vástagos del conde de San Polo.

V

Alguna vez alguien comprendería la aventura audaz que había sido dar a la estampa Don Quijote de la Mancha y recordaría que al juzgar hombre y libro no es posible olvidar que los vínculos que obligaban al autor, como súbdito y como cristiano, aumentan el valor espiritual de su libertad y la densidad humana de su crítica.23

Sin las precauciones, todo se habría perdido. A pesar de ellas, y aunque no sean capaces de otearle al fustazo toda la dimensión, muchos resienten el ataque. Alguien, en el prólogo de la apócrifa continuación de la novela, tras arrojarle al rostro las estancias carcelarias, no vacilará en decir que el autor, el de las cicatrices de Lepanto, tiene más lengua que manos. Y Lope escribirá en el pórtico de El desconfiado unas líneas venenosas, insinuando que Cervantes desprecia todas las gallardías morales:

Ríense muchos de los libros de caballerías [] y tienen razón si les consideran por la exterior superficie [] pero penetrando los corazones de aquella corteza, se hallan todas las partes de aquella filosofía, a saber, natural y moral. La más común acción de los caballeros andantes, como Amadís, el Febo, Esplandián y otros, es defender cualquier dama por obligación de caballería necesitada de favor, en bosque, selva, montaña o encantamiento. Y la verdad de esta alegoría es que todo hombre docto está obligado a defender la fama del que padece entre ignorantes que son tiranos, los monstruos de este libro de la envidia humana, contra la celestial influencia que acompañó al trabajo y el vigilante estudio de cuanto es honesto. 24

La corriente crecerá y marchará por el tiempo hasta llegar a la acusación de Byron, sin dejar de pasar por ese Juan Maruján o ese Pepe Carrillo que habría de dedicar al autor de Don Quijote un romance tan malo de intención como de forma, llamándole traidor a la patria:

Aplaudió España la obra
no advirtiendo, inadvertidos,
que era del honor de España
su autor verdugo y cuchillo.

Contando allí vilipendios,
de la nación repetidos,
de ridículo marcando
de España el valor temido
[]
Y esta es la razón por qué
fueron tan bien recibidos
estos libros en Europa
reimpresos y traducidos25

Al iniciarla, Miguel de Cervantes sabe que sólo el andar con pies de plomo puede salvar la obra escondida tras la sátira a los libros de caballerías. Y la construye de modo que pueda salir intacta de las cribas inquisitorias.

No le cuesta mucho trabajo, porque ha aprendido el esguince y hasta la brocha gorda de la adulación. Pero chasquea la lengua divertido mientras coloca bajo apariencias inofensivas el contrabando demoledor: los comentarios zorrunos sobre los ermitaños, las alusiones a los graves eclesiásticos que se sientan a la mesa de los príncipes, los vapuleos a la dignidad clerical, y las censuras a la justicia en compraventa y a la burocracia corrupta y la hedor moral de una sociedad en la que tan necesario es el oficio de alcahuete que por alcahuete limpio, como dice el capítulo maravilloso de los galeotes, nadie merecería ir a bogar a galeras sino a mandallas y a ser general de ellas.

Aguza mucho el ingenio para dejar dicho lo que quiere porque, como le aconsejara Urganda la Desconocida, no escribe para entretener doncellas, sino para ganarse la posteridad aniquilando con un libro la actitud ante la vida que su pueblo simboliza en esa hora. Y de paso, como quien no quiere la cosa, para mostrar a los que vengan más tarde cómo se escribe la más grande novela social de todos los tiempos a la vez que se dona a una lengua el nombre propio.

Y si en esa tarea gigantesca silencia algo, eso no le menoscaba el mérito. Porque como uno de los perros famosos de sus Novelas ejemplares, si no se maravilla de lo que habla, espántase de lo que deja de hablar.

La aventura es difícil. Difícil por fuera, como bien pueden verlo todos. Pero también, como sólo él sabe, muy difícil por dentro.

Hay un constante dualismo [dice Justo de Lara], un contraste extraño y único en la historia literaria, entre lo que Cervantes creía y lo que sentía, entre lo que realizaba despiadadamente su juicio y lo que sus sentimientos le arrastraban a escribir.

Es que algunas cosas duelen y no es posible dejar de sentir la nostalgia de ellas. Cuando se es un hidalgo enfermo, viejo y pobre como el que se pinta, cuando se es un español de los que se fustigan, cuando se hace la sátira del sueño propio, cuando se forma parte del mundo que se deshace, cuando la gloria que fue nuestra se nos cuaja deshecha entre las manos, es ya mucho verse y verlo todo con claridad, como con los ojos de un extraño. Pero no es posible dejar de sentir melancolía.

Miguel de Cervantes, además, no es un revolucionario. Él no ha roto amarras con lo que le circunda. Siéntese tan parte como juez y la suya es una dramática dualidad constantemente evidenciada: la dualidad que existe entre don Quijote y Sancho; la tallada en el propio don Quijote, quien al hablar es concertado, elegante y bien dicho mientras que al actuar es siempre disparatado, temerario y tonto; los dos puntos de vista que son posibles en cada personaje, en cada episodio del libro; el reniego de paternidad que encabeza la obra y el encariñamiento indudable que a lo largo de ella va experimentado el autor hacia su protagonista, a quien sin embargo no salva; la tristeza y la risa que pasan alternándose y fundiéndose, la ternura y la ira que mojan este libro entre los libros, son Lepanto y la muerte de Gaspar de Ezpeleta: esos dos destinos sin parentesco, esas dos horas de gloria y de miseria, esa dualidad vital que crucificó, hace tres siglos, una inteligencia clarísima, capaz de amar y de condenar con los ojos más veraces que ningún novelista haya poseído. Porque Balzac se le acerca, pero Balzac no es Cervantes. Ni por genio artístico, ni por hondura humana, ni por gracia, ni por bondad.




 1
eXTReMe Tracker